Hasta la década del noventa no existía rivalidad con el equipo antioqueño, que incluso era bien recibido en Barranquilla.
Por: Juan Alejandro Tapia
Diciembre 12 de 1988, tarde de domingo. Alentados por el narrador deportivo Édgar Perea, veinte mil aficionados del Junior llegaron al Metropolitano para apoyar a su equipo en la última fecha del octagonal contra Millonarios. Aunque los ‘tiburones’ no tenían opción de título, la razón de semejante respaldo era frenar a los capitalinos para que Nacional de Medellín conquistara el campeonato.
Desde su espacio radial, Comentando los deportes, Perea fue el gestor de la movilización masiva de hinchas al estadio para darle una mano al Nacional de los puros criollos, dirigido por Francisco Maturana, que se jugaba su suerte ante Santa Fe, en el Campín. Una victoria de los paisas, y que Millonarios no sumara en Barranquilla, le garantizaba el título a los verdes.
Pero de nada valió. Tras irse abajo en el marcador, Millonarios empató 1-1 con gol de Mario Vanemerack y dio la vuelta olímpica en el Metro, la primera dada por equipo alguno en el ‘Coloso de la Ciudadela’, con Gonzalo Rodríguez Gacha, el ‘Mexicano’, amo y señor en la sombra del club, en la tribuna.
La historia, por muchos desconocida, pone de manifiesto la afinidad de la afición rojiblanca con el cuadro verdolaga a finales de los ochenta, la misma que compartía casi todo el país desde que en 1987 la directiva paisa había decidido contratar solamente futbolistas colombianos. Es más, luego de la obtención de la Libertadores en 1989 por parte de Nacional, en las calles de Barranquilla el título fue celebrado como propio.
La razón para que los triunfos de los antioqueños fueran recibidos con agrado puede explicarse en la decisión de Maturana, que había sido nombrado entrenador de la Selección Colombia sin necesidad de abandonar su cargo en Nacional, de convertir a Barranquilla en la sede de las eliminatorias para el Mundial de Italia 90.
Al técnico chocoano le parecía que el ambiente en las graderías del Metropolitano era el que necesitaba la tricolor para contagiarse de la energía del pueblo barranquillero. Por eso le pidió a Édgar Perea que lo ayudara a volcar el apoyo por el Junior hacia Colombia, y con el visto bueno del presidente de la Federación, León Londoño Tamayo, la capital del Atlántico se transformó en la ‘Casa de la Selección’.
Pero, si este era el panorama a finales de la década del ochenta, ¿en qué momento se ‘volteó la arepa’ y del apoyo espontáneo a Nacional la afición del Junior pasó a considerarlo el enemigo público número uno?
Lo primero que hay que entender es que no existe un hecho gestacional que marque el comienzo de la rivalidad, animadversión, hostilidad, ‘rasquiñita’, o como se le quiera llamar, hacia Nacional. Fue el resultado de una secuencia de situaciones que tienen como marco la era dorada del conjunto verdolaga, es decir, la natural rabia contra el ganador.
No es coincidencia que, antes de Nacional, los rivales que despertaban el rencor de los hinchas rojiblancos fueran Millonarios, en los sesenta y setenta, y América, en los ochenta, pues ambas instituciones vivieron sus épocas de gloria en esas décadas.
La supremacía de Nacional en el fútbol colombiano desde finales de los ochenta a la fecha, a la par con los avances en telecomunicaciones a nivel mundial, dio origen a otro fenómeno: la aparición de hinchas de ese equipo lejos de su hábitat natural, las montañas antioqueñas. Atraídos por los triunfos televisivos, jóvenes de todo el país formaron barras en los sitios más recónditos, desde La Guajira hasta el Amazonas.
Hoy, Nacional es el equipo con la hinchada más numerosa de Colombia, y su presencia en cualquier estadio representa una taquilla millonaria para el local, pero también un problema de orden público.
Tras el primer plantel de los puros criollos, del que formaron parte jugadores que después adquirieron el cartel de leyendas por sus logros en la Selección, como René Higuita, ‘Chonto’ Herrera, Gildardo Gómez, Leonel Álvarez, ‘Bendito’ Fajardo, el relevo generacional no despertó la misma empatía entre los aficionados de otros clubes, en parte por la personalidad de los futbolistas que llegaron, quienes exacerbaron la disputa regional. Nos referimos a Mauricio Serna, Faustino Asprilla, Gabriel ‘Barrabás’ Gómez, Víctor Aristizábal, Diego Osorio.
Varios de esos jugadores estuvieron en la cancha esa tarde decembrina de domingo en 1993 cuando, luego de irse al camerino con un 3-0 abajo en Medellín, el Junior logró empatar en la agonía del segundo tiempo. Era un baile el que había recibido en los primeros 45 minutos el equipo del ‘Pibe’ Valderrama, Valenciano, ‘Niche’ Guerrero y Pacheco, y en algunos de ellos quedó la impresión de que sus rivales se burlaban, lo que despertó su amor propio.
Fue durante esa segunda generación, igualmente triunfadora, que Nacional dejó de ser el equipo de todos para colgarse el letrero de villano favorito. Ya para entonces era un secreto a voces que los árbitros sentían el peso de un piano de cola sobre sus hombros cada vez que les correspondía pitar en Medellín, y la cancha del Atanasio Girardot fue escenario de frecuentes decisiones cuestionables.
El lastre jamás comprobado de recibir ayuda de los jueces no llegó a su fin con la muerte de Pablo Escobar, hincha declarado y un poder en la sombra al que jugadores como Higuita o Álvarez visitaban en la cárcel de La Catedral, sino que aumentó con el paso de los años y hoy es el principal motivo de rechazo a los paisas.
Así ha sido la relación de la afición del Junior con el Nacional durante cuatro décadas, marcada por hechos puntuales que parecen no tener vuelta atrás. Esta noche volverán a verse las caras en el Metropolitano para el comienzo de los cuadrangulares finales del fútbol colombiano, el mismo estadio que una vez se llenó para apoyar a los verdes.







































