Aquella tarde en el monumental
El próximo 5 de septiembre se cumplirán 30 años de una de las gestas deportivas más recordadas y celebradas por el país, razón por la cual en esta oportunidad tomaré este espacio no para emitir mi opinión sobre algún tema en especial. Sino, para contar mi experiencia cuando tuve la fortuna de visitar el escenario
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Aquella tarde en el monumental
El próximo 5 de septiembre se cumplirán 30 años de una de las gestas deportivas más recordadas y celebradas por el país, razón por la cual en esta oportunidad tomaré este espacio no para emitir mi opinión sobre algún tema en especial. Sino, para contar mi experiencia cuando tuve la fortuna de visitar el escenario donde tuvo lugar aquella gran hazaña.
Dicha visita ocurrió una tarde de mayo de 2017, durante el crudo invierno bonaerense típico por aquellas fechas del año en esa parte del continente americano. Aquel día después de tanto soñarlo pude ingresar al famoso estadio Monumental Antonio Vespucio Liberti casa del River Plate y el seleccionado argentino de fútbol.
Después de un extenso recorrido por el museo donde se encuentra condensada la rica historia del cuadro de la banda cruzada, el guía que acompañaba al grupo de visitantes del cual yo hacía parte interrumpió súbitamente el monologo de su explicación, para anunciarnos de un modo muy gaucho “che el estadio está listo para su ingreso señores”. Acto seguido señaló una puerta de color blanco que dijo daba acceso al camerino visitante.
Cuando entré al lugar pude observar los vestidores y pensé que habrán sentido los integrantes de la selección Colombia, en ese vestuario el 5 de septiembre de 1993 antes de saltar a la cancha de ese hervidero humano que era el Monumental ese día. Imagine por un instante al “pibe” Valderrama arengando al grupo muy a su estilo “eche vamos pa’ lante que hoy le ganamos a estos manes”, antes de salir a enfrentar a la “albiceleste” que para entonces acumulaba una racha de 6 años sin perder en ese gramado.
Luego para finalizar esa visita y como cereza del pastel nos condujeron al túnel que da hacia el campo de juego en medio de un viento helado que me taladraba los huesos.
En ese trayecto mi cabeza fantaseaba con las últimas palabras expresadas por esos once hombres. Vestidos con los colores del pabellón nacional, ya en el césped vinieron a mi memoria aquellos cinco goles que fueron una alegría inmensa, para una nación que para esa época vivía una etapa muy difícil en su historia reciente y para el país anfitrión esa goleada fue una puñalada al corazón, de una sociedad que ve en el fútbol algo más que un juego.
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