JARLAN BARRERA , ¿EL ENEMIGO PÚBLICO NÚMERO UNO DE JUNIOR?

El futbolista samario echó más leña al fuego esta semana al decir que con Junior lloraba de tristeza y con Nacional de alegría.

Jarlan Barrera tomó el balón en sus manos y con seguridad dijo «yo». En las tribunas del estadio Arena da Baixada, fortín del Atlético Paranaense, los pocos aficionados junioristas que atravesaron Brasil para ver a su equipo coronarse campeón de la Copa Sudamericana hubieran preferido a Teófilo Gutiérrez, pero el máximo referente rojiblanco no se atrevió a pedir la pelota; al rudo zaguero central Rafael Pérez, pero acababa de desperdiciar un penal en el partido de ida; al casi infalible Luis Narváez, pero ya no había marcha atrás: Jarlan estaba parado frente al punto blanco y solo esperaba el silbatazo del árbitro.

No fue una decisión precipitada del jugador, en los entrenamientos había quedado claro que el ’10’ era la primera opción. El técnico Julio Comesaña lo había ratificado días atrás a la prensa. Quizá solo la disposición de Teófilo en el campo habría podido reversar la orden, pero no se produjo y el balón fue a tener a las nubes. Dicen los hinchas del Junior, con lágrimas pero sin perder el buen humor que caracteriza a los barranquilleros, que todavía no ha bajado o que derribó un satélite. Corría el minuto 110 del alargue con el juego empatado a un gol, y allá fue a parar la ilusión del título continental, a la estratósfera.

«Llegar a Nacional era un sueño que tenía desde hace rato, de jugar en el mejor equipo de Colombia. Lo sentía cuando estaba en Junior, donde perdíamos finales, donde el sentimiento de llorar que uno sentía antes era diferente porque uno salía llorando, pero era perdiendo las finales, ahora uno estando acá y ya disfrutar de dos títulos, es lindo, es querer hacer historia», declaró esta semana el jugador, quien hace un mes le dio el campeonato de Liga a Nacional, donde actúa desde junio de 2019, con un cabezazo sobre la hora en la final contra Tolima.

Son sus testimonios frente a las cámaras y sus mensajes en redes sociales los que le han dado a Barrera el dudoso honor de ser el enemigo público número uno de la afición de Junior, del que hoy saca pecho el futbolista traído a Barranquilla por el Pibe Valderrama. Su caso no es comparable con el de Macnelly Torres, a quien la tribuna arrojó dólares falsos cuando regresó al Metropolitano con la camiseta del verde paisa tras abandonar a los ‘tiburones’ para irse a Nacional.

Torres no disparó de vuelta. Soportó en silencio los ataques, merecidos o no, e incluso estuvo a punto de volver a vestirse de rojiblanco en el ocaso de su carrera tras su paso por Alianza Petrolera. Jarlan, en cambio, ha ido al frente.

¿Debe guardar silencio un jugador mientras la gradería le lanza botellas plásticas y monedas como ocurrió el 28 de julio al salir del campo en el juego por Copa Betplay que los antioqueños perdieron 3-0 en Barranquilla? Jarlan no lo hizo: respondió sacándole brillo al escudo de su equipo con los dedos, lo que enfureció aún más a los hinchas.

La relación de Jarlan con la afición de Junior fue del amor al odio a partir del penal malogrado en Curitiba, pero no fue ese el interruptor. Un cobro más importante había sido desperdiciado en 1994 por el uruguayo Héctor Gerardo Méndez en la semifinal de la Copa Libertadores contra Vélez Sarsfield. Sin embargo, el aguerrido volante de marca continuó inamovible en el once titular y conquistó la cuarta estrella el año siguiente.

Fue la decisión de Jarlan de irse de la institución sin dejarle un peso, al negarse a renovar su contrato, lo que provocó el cortocircuito. ¿Era libre de irse? Sí, estaba en su derecho, pero el fútbol es una máquina de pasiones y, tras su partida intempestiva, todo el peso de la derrota continental cayó sobre él.

Para los aficionados, que no están obligados a pensar en el bolsillo del jugador, fue una deslealtad de Jarlan abandonar el equipo luego de haber esperado durante cuatro años su consolidación. El samario solo fue titular indiscutido en el segundo semestre de 2018, pero su participación fue clave para conseguir la octava estrella con uno de los mejores equipos de la historia, al lado de Teo, Luis Díaz y Víctor Cantillo.

Apenas seis meses duró el periplo de Barrera por el exterior. Con una visión de juego poco frecuente en el futbolista colombiano y una pegada digna de un europeo, su condición física no se adapta a los estándares del fútbol internacional, por lo que más larga fue la novela de su partida a Rosario Central, de Argentina, que su regreso a Colombia.

Pocos días antes de firmar con Nacional, en ese junio de 2019, las cámaras lo captaron en el estadio Metropolitano con camiseta del Junior y sombrero vueltiao. Parecía el regreso del hijo pródigo, pero entonces algo pasó. La directiva de la institución no estaba dispuesta a perdonar tan fácilmente la «traición» del jugador y de un momento a otro su destino cambió. Hasta el mismo Jarlan se mostraba confundido en esa primera rueda de prensa en Medellín en la que manifestaba su emoción por jugar «en Junior». No. Perdón: «… en Nacional».

Las redes sociales estallaron al verlo enfundarse la piel del archirrival y él echó más leña al fuego al aparecer, tiempo después, con una camiseta del Paranaense y responder con burlas a las derrotas del club que lo dio a conocer. El mismo club del que ahora es enemigo público número uno, pero que lleva grabado en su partida de bautismo: Jarlan Junior.