Una tarde previa al carnaval, mientras recorrían el tradicional barrio Abajo, de Barranquilla, las oleadas de rumberos se sorprendieron ante un afiche que mostraba la figura del popular disfraz de Marimonda.
Entonces, detuvieron sus pasos ante la graciosa imagen y se preguntaron quién sería su genial inventor. De pronto oyeron una alegre carcajada, detrás de una voz con acento muy barranquillero: Eche, cuadro, ¿quieren que les cuente la historia de esos manes? ¿Mi historia? Alguien del gentío le siguió el juego y le gritó desde otro disfraz pintoresco: ¡cántala marimonda! Y la ruidosa voz asintió: ¡Va pa´ esa, bacán!
En un bordillo que flanquea la carrera 56 con 49, todos se acomodaron en actitud de escucha. Y Paragüitas dejó de ser César Morales y habló como Marimonda:
“Yo soy como Barranquilla: no tengo una fecha exacta de cuando nací, pero, mi hermanazo, es que el man que me creó, estaba llevao y lo habían invitado a una fiesta de carnaval y no tenía un disfraz qué lucir. Al morocho se le ocurrió usar un costal vacío de harina y le hizo dos hoyos para poder ver el mundo de personas que lo rodeara. En la nariz se puso dos cordones que simulaban una señal fálica”.
En una pausa del relato, le preguntaron por el resto del disfraz. ¿Y la chaqueta? ¿Y la corbata? ¿Y los pantalones? ¿Y los guantes que usan en las manos?
Cálmate, viejo man: tú quieres saberlo todo. ¡Qué pintas más chismosas! Mándense una fría, ahí, para ponerme en ambiente y satisfacer la curiosidad.
Arranca por la chaqueta, pues.
“El man del que hablamos encontró una chaqueta con la que se había casado su papá, y se la coloco al revés. Y pensó: bueno, ¿qué hago ahora con los pantalones? Se encontró unos bombachos muy viejos y reparchados, y decidió usarlos. Cuando iba llegando a la puerta de la casa, dijo: ¡Ay mi madre! ¿Y si me reconocen por las manos? Buscó un par de medias que encontró en el tendedero y las convirtió en guantes”.
Pero faltaba un detalle en la narración, que llamó la atención del “man” que traía las frías. ¿Y por qué una corbata en una ciudad de guayaberas y sin broches como Barranquilla?
“Ese detalle me faltaba. Porque el disfraz, así por así, ocultaba todo pero no decía nada. La corbata estrafalaria, en cambio, podía significar la oligarquía, o esa cantidad de burócratas del gobierno que reciben paga y no hacen nada. Con la corbata se burlaría de esa sociedad, o tal vez suciedad, en nombre de las personas que eran como él y pensaban como él. Ese pedazo de trapo lo encontró también en el ropero del viejo, y le dio personalidad”.
Con tres cervezas entre pecho y espalda, Paragüitas, o más bien la Marimonda, remontó la nostalgia:
“En el siguiente carnaval, un poco de gente se vistió como yo, y luego quedé establecido como un disfraz oficial. En un principio me llamaron “pea-pea”, porque yo usaba un pito que simulaba los gases que se le escapan a las personas producto de algún desorden estomacal. ¡Qué vacile! Pero mi llave, yo tuve una época barra. Nojoda, casi me entierran en el Universal, loco. Hasta cuando apareció un man legal, al que le decían El Paragüita, y me sacó del más allá y me trajo al más acá. En 1984 salí otra vez al ruedo, rejuvenecido con telas de colores, pantalón y camisa de satín, chaleco de seda, corbata monísima… Tronco de nota, mi llave. En el 84 éramos 50, ahora somos 900. Para que lo sepas mi hermano: hoy soy el disfraz más representativo de la fiesta del Dios Momo, duélale a quien le duela, porque represento la alegría, el carácter perrateador del currambero, el verdadero carnaval…”
¿No nos estás mamando gallo, marimonda?
“¿Mamando gallo? Pa´que lo sepas, a mi me conocen en los Campos Elíseos de Paris, en la Marienplatz de Alemania, el Dickens festival de Amsterdam. Soy una vaina internacional. Aquí viene gente de todo el mundo: embajadores, empresarios, parlamentarios, exalcaldes a meterse en el disfraz, porque la marimonda, óigase bien, es el atuendo en el que se acaban las diferencias sociales, donde todos somos iguales, es decir, una mofa colectiva. Porque antes, lo que era antes una burla social, una sátira contra los ricos, es hoy la hilaridad, la sabrosura del barranquillero, la bacanería, el goce. Esto es como el carnaval mismo: el que lo vive es el que lo sabe. Pero ¿saben qué? Pónganse pálidos y vístanse de marimonda, y así comprenderán lo maravilloso de este pueblo y lo auténtico que somos”.









































