CHELO, UN TROMPO EN LA UÑA QUE SEGUIRÁ DANDO VUELTAS

El patriarca de los periodistas deportivos en Colombia fue un hombre tranquilo y disciplinado cuya principal obra fue su propia vida.

Durante casi diez años compartí el bus que Chelo De Castro tomaba para ir a El Heraldo. Aunque íbamos hacia el mismo lugar, por tiempo y espacio no nos saludábamos en el pasillo sino cuando bajábamos. Siempre fue viejo, pero sus movimientos no lo reflejaban. Era el primero en levantarse de su silla para ofrecérsela a una embarazada y prácticamente brincaba del estribo al andén cuando el vehículo frenaba.

En la redacción del periódico volvía a saludarme, como si no se acordara de haberme visto antes. «Tapia, ¿a quién mataron hoy?», preguntaba con su voz ronca, como ahogada, y lo que sea que le contestara el joven reportero judicial que yo era, le servía para enhebrar un recuerdo tras otro de su Barranquilla querida.

Porque si de algo le gustaba hablar a José Víctor De Castro Carroll era de la ciudad de sus recuerdos, esos que plasmó durante 75 años en sus escritos de fútbol, béisbol y boxeo, y su espacio radial Desfile Deportivo. Había que verlo martillar con dos dedos las teclas de su Remington hasta vaciar su memoria en cada hoja y después corregir sobre el mismo texto, que luego entregaba a las transcriptoras para que lo pasaran en limpio.

«¡Cógeme ese trompo en la uña!», diría el propio Chelo. Canas verdes como el color de su vieja máquina de escribir les hizo pasar a las encargadas de descifrar flechas y tachones para que al día siguiente su columna apareciera en el lugar de costumbre. Es que un periódico siempre ha sido un trabajo en equipo.

Era la época en que Chelo llevó su programa radial a la emisora de Uniautónoma. De ahí partía raudo hacia El Heraldo, que siempre fue su casa, y antes de las nueve de la mañana ya estaba despachado. Salía de las oficinas luego de acicalarse en el baño, con el pelo recién mojado y la camisa debidamente ajustada dentro del pantalón, como había llegado.

Por esos años de comienzos de siglo defendió como gato bocarriba la ubicación de la estatua del general Diego A. De Castro, su antepasado, en el parque Los Fundadores, pero no por el vínculo familiar, sino por su relevancia histórica en la Guerra de los Mil Días y como primer gobernador del Atlántico.

El papá de los periodistas deportivos de Barranquilla, ese que fue capaz de enfrentar en más de una ocasión y sin pizca de miedo al controvertido y vociferante narrador Édgar Perea, falleció este lunes festivo en su casa del barrio El Prado, a los 102 años, de muerte natural, después de diez mil batallas, como el general. «Yo era el único que no le temía al Negro», le dijo en una entrevista a El Heraldo en 2016.

Un año después, en 2017, la Asociación Internacional de Prensa Deportiva (AIPS) lo catalogó como el periodista de deportes más longevo del mundo, y en 2021 premió su vida y obra, la misma que comenzó en el semanario La Prensa y siguió en El Nacional, Diario del Caribe y El Heraldo, donde publicó su columna desde 1976 hasta 2020.

Una obra que no está compilada en libros sino que duerme en el archivo del periódico más importante de la región, pero, sobre todo, una obra que vive en sus hijos y nietos, y en los cientos, miles tal vez, de periodistas a los que marcó con su disciplina y dedicación.