A propósito de los 99 años que cumple este 7 de agosto el cuadro barranquillero, me puse a reflexionar como hincha que soy de lo que significa este equipo para mí, que desde que tengo uso de razón amo y amaré hasta el último día de mi vida.
Por: Óscar Tobón
Pues bien para quien escribe el Junior, no es un simple equipo de fútbol es mucho más que eso es un sentimiento que los verdaderos fanáticos “rojiblancos”, llevamos tatuado en el alma y en el corazón.
En mi caso particular ese romance comenzó por allá en 1992, cuando al lado de mi padre escuchábamos un partido del cuadrangular final de esa temporada entre Junior y el Atlético Nacional.
Encuentro que ganaron los “paisas”, circunstancia que el aprovechó como buen hincha verde para tratar de convencerme de que la escuadra antioqueña era mejor.
Pero yo en silencio había decidido a quien pertenecería mi corazón futbolero, porque a pesar del traspié sufrido en la ciudad de la eterna primavera, el narrador contaba con cierto orgullo que los “tiburones” habían luchado hasta el final.
Con el paso del tiempo también comprendí, que esos once hombres vestidos con esa casaca a rayas rojas y blancas no solo representan a una ciudad, ni a un departamento sino a toda una región que ríe o llora dependiendo el resultado del equipo en el campo de juego.
Ser juniorista a mi modo de ver tiene connotaciones religiosas porque como suele decir mi colega y amigo Alfredo Sabbagh juniorista hasta los tuétanos: “ser rojiblanco es un acto de fe”.
Razón tiene, don Alfredo porque a pesar que en ocasiones el conjunto barranquillero no consigue los resultados que la afición espera y quiere, como ocurre en estos días
Siempre está la fe intacta que el onceno “currambero,” logrará una mejor actuación en el siguiente encuentro.












































