CUANDO ME COLOCO LA ROJIBLANCA

Siempre que me coloco la casaca rojiblanca del Junior de Barranquilla, siento que no me estoy enfundando cualquier camiseta, sino un distintivo de una institución que no sólo es un equipo de fútbol.

Por: Oscar Tobón

Es un sentimiento que va más allá de los estadios de Colombia y el mundo, que representa a una región que siente en los colores rojo y blanco una manera de demostrarle a todo un país la alegría y el inmenso orgullo no sólo de ser barranquillero, sino costeño e hijo de una tierra maravillosa que acoge a todas las personas por igual sin importar de donde vengan.

Es sentir alegría cada vez que ese onceno pisa el gramado del majestuoso Metropolitano o cualquier otro campo de juego y percibir desde la tribuna que, en esos noventa minutos de emociones, esa escuadra es el corazón y el alma del caribe colombiano.

Es experimentar ese fuego sagrado que viene de generación en generación, desde aquel lejano 7 de agosto de 1924 cuando doña Micaela Lavalle decidió darle vida al equipo.

Es saber y entender que cada partido es una fiesta, no importando el resultado final, porque al fin de cuentas el fútbol es un simple juego.

Portar esa blusa a rayas verticales y cuyo escudo cuenta como máximo símbolo con diez estrellas, que representan no sólo los títulos ganados en cien años de vida, es también comprender que no sólo para mí, sino estoy seguro que para cualquier hincha cada una de esas estrellas que exhibe el escudo juniorista es motivo de júbilo pues han sido conseguidas con lucha, tesón y sobre todo siempre brindándole felicidad a la hinchada que lo apoya fervorosamente durante cualquier campaña.

Por último, tener sobre la piel la camiseta del Junior, es poder palpar la gloria pues esta casaca bicolor ha sido vestida por futbolistas de fama mundial, que durante este siglo de historia la han hecho grande e importante.